Por: Margarita Carbajal Carmona
Presidenta Fundadora FETUR Nacional
Durante años la industria turística ha repetido una idea bastante cómoda: que existen destinos seguros. Como si la seguridad fuera una característica permanente del lugar, algo casi geográfico, comparable al clima o a la calidad de una playa. Es una narrativa poderosa, porque tranquiliza al viajero y simplifica el mensaje de promoción. Pero la realidad del turismo siempre ha sido más compleja que eso.
Los acontecimientos recientes vuelven a recordarlo. Dubái enfrentando tensiones en su espacio aéreo en medio de un conflicto regional. México apareciendo nuevamente en titulares internacionales tras operativos contra estructuras del crimen organizado. Estados Unidos lidiando con una conversación interna cada vez más visible sobre violencia urbana, armas y crisis sociales. Tres contextos distintos, tres modelos de gobernanza diferentes, pero una misma pregunta flotando detrás de todos ellos: hasta qué punto puede un destino prometer seguridad como parte de su valor turístico.
Dubái construyó su reputación internacional precisamente sobre esa promesa de control. Un lugar donde todo funciona, donde la infraestructura es impecable y donde la estabilidad parece mantenerse incluso en una región históricamente compleja. Cuando el conflicto regional alcanzó su espacio aéreo y provocó cancelaciones masivas de vuelos, la reacción institucional fue rápida. Hoteles extendiendo estancias para turistas varados, apoyo logístico para quienes no podían salir del país, coordinación con aerolíneas para restablecer la conectividad. No era únicamente una respuesta operativa. Era también una forma de proteger la experiencia del visitante y, con ella, la narrativa que sostiene al destino.
México se mueve en otra lógica. Episodios de violencia asociados a capturas de líderes criminales generan titulares internacionales cada cierto tiempo, pero el sistema turístico rara vez se detiene. Los aeropuertos continúan operando, los hoteles siguen recibiendo visitantes, los destinos mantienen su actividad. Desde fuera puede parecer contradictorio, pero en turismo hay un fenómeno que explica buena parte de esa aparente paradoja: la distancia entre percepción y experiencia.
Hace algunos años realizamos un ejercicio sencillo en Michoacán. Cuando se preguntaba desde fuera del país sobre la seguridad del destino, las evaluaciones eran bajas. La narrativa externa estaba marcada por los titulares. Cuando se preguntaba a turistas que habían visitado el estado sin incidentes, la calificación cambiaba completamente. Ocho o nueve sobre diez. La experiencia vivida no coincidía con la percepción que circulaba fuera. Esa brecha explica en gran medida la resiliencia turística de muchos destinos mexicanos. El país no vende invulnerabilidad; vende experiencia. Cultura, gastronomía, naturaleza, historia. Quien viaja a México suele hacerlo porque busca algo muy concreto que difícilmente encuentra en otro lugar.
Estados Unidos enfrenta un escenario distinto. No hay un evento único que marque una crisis turística. Lo que aparece es una acumulación de tensiones sociales que lentamente empiezan a influir en la percepción de algunas ciudades. Violencia con armas de fuego, crisis de opioides, debates políticos intensos. No siempre afectan directamente al visitante, pero modifican la conversación sobre ciertos entornos urbanos que durante décadas proyectaron estabilidad casi incuestionable.
En el fondo, estos tres ejemplos muestran algo que la industria turística pocas veces discute con suficiente claridad. La seguridad no puede ser la moneda principal del turismo. No porque no sea importante —lo es y profundamente— sino porque ningún destino puede prometer invulnerabilidad. Nadie está exento. Ni el emirato más sofisticado, ni la potencia económica más grande, ni el país con mayor riqueza cultural.
Y hay otra razón aún más profunda. El turismo es probablemente la industria más sensible del mundo a variables externas. Le afectan cosas que ni siquiera ocurren dentro del destino. Una pandemia puede detener completamente los flujos de viaje. Un huracán puede paralizar una región entera durante semanas. Un terremoto, una inundación, un brote sanitario, una crisis económica en un mercado emisor importante. Incluso decisiones políticas que se toman en otro país pueden modificar de inmediato el comportamiento de los viajeros.
Un destino puede hacer todo bien en términos de gestión interna y aun así ver reducido su turismo porque el mercado que envía la mayor cantidad de visitantes entra en recesión o enfrenta tensiones sociales. Las fluctuaciones cambiarias influyen. Las políticas migratorias influyen. Las crisis diplomáticas influyen. El turismo no depende únicamente de lo que ocurre dentro de un territorio. Depende también de lo que ocurre fuera de él.
Otras industrias suelen tener un conjunto más limitado de variables críticas. Pueden identificar con cierta claridad los factores que amenazan su operación y diseñar estrategias de contención relativamente directas. El turismo no funciona así. Para contener todas las variables que pueden afectarlo —seguridad, salud pública, fenómenos naturales, crisis económicas, conflictos internacionales, decisiones políticas— un destino necesitaría literalmente un ejército permanente de gestión de crisis. Y ningún destino lo tiene.
Por eso la verdadera fortaleza turística nunca ha sido evitar que algo ocurra. Eso es imposible. La verdadera fortaleza está en la capacidad de absorber el impacto y seguir funcionando.
En el turismo global hay destinos que siguen recibiendo visitantes incluso en contextos complejos. Israel es un ejemplo evidente. En medio de tensiones geopolíticas que llevan décadas, continúa siendo uno de los destinos religiosos más visitados del mundo. Para millones de personas Jerusalén, Nazaret o el Mar de Galilea representan experiencias espirituales irrepetibles. El valor simbólico del lugar supera el cálculo del riesgo.
Eso cambia completamente la conversación. El turismo no se sostiene únicamente sobre la promesa de seguridad absoluta. Se sostiene sobre valor percibido. Sobre aquello que hace que un lugar sea verdaderamente deseado.
Tal vez la reflexión de fondo es más simple de lo que parece. Ningún destino está blindado. Todos, tarde o temprano, enfrentarán alguna forma de crisis. La pregunta relevante no es si ocurrirá algo que altere la normalidad. La pregunta es si, cuando eso ocurra, el destino tendrá la resiliencia suficiente para seguir siendo atractivo a pesar de todo.
Margarita Carbajal Carmona
Actual Presidenta Nacional de la Federación de Empresarios Turísticos A.C. (FETUR). Con mas de 30 años de experiencia en el ámbito empresarial ha liderado proyectos exitosos en la industria, destacando como Directora General de MARTOM S.A. DE C.V., una reconocida Tour Operadora en Cozumel. Además, ha desempeñado roles clave en organizaciones de renombre, promoviendo el desarrollo de la implementación de tecnología en el sector turístico y la colaboración empresarial.