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Las nuevas generaciones no están pidiendo menos eventos. Están pidiendo que valgan la pena.

Por: Arturo Carvajal.
Consejero Nacional Turismo de Congresos y Convenciones.

Hablar de nuevas generaciones en la industria de congresos y convenciones no es un tema de estilo ni de modas. Es un tema de mercado. De decisiones económicas. De hacia dónde se está moviendo la inversión, el talento y el tiempo de quienes en pocos años estarán dirigiendo áreas, emprendiendo, contratando servicios y definiendo presupuestos.

Y si hablamos del impacto económico real de este segmento en México, los números dicen cosas que a veces olvidamos: la industria de reuniones —que agrupa congresos, convenciones, exposiciones y viajes de incentivo— aporta alrededor de un 1.5 % del Producto Interno Bruto nacional, lo que se traduce en miles de millones de dólares de derrama económica y un peso significativo en las economías locales de ciudades anfitrionas. 

Eso, por definición, convierte a los eventos profesionales en más que plataformas sociales: los convierte en motores concretos de actividad económica, de empleo indirecto y directo, y de dinamización de cadenas de valor que van desde la hotelería y el transporte hasta la gastronomía, servicios y comercio local.

La infraestructura existe. México cuenta con recintos capaces de recibir desde eventos de nicho hasta congresos de talla global. Ciudades como Ciudad de México, Cancún y Mérida figuran en rankings internacionales de asociaciones que eligen territorio mexicano como sede recurrente para encuentros de alto impacto. Esa capacidad no es un accidente; es producto de décadas de inversión pública y privada en conectividad y espacios preparados para la industria.

Pero el comportamiento de la audiencia cambió. Y no por impaciencia, sino por contexto.

Hoy, la mayor parte del aprendizaje profesional ocurre fuera de los formatos tradicionales. Cursos cortos, certificaciones en línea, comunidades especializadas, mentorías prácticas, contenidos bajo demanda. Las personas ya no dependen de un congreso para acceder a información. Si aun así deciden moverse físicamente, pagar transporte, hotel y tiempo fuera de su operación, es porque esperan algo que no se puede replicar con facilidad desde una pantalla.

Eso cambia por completo el contrato entre el evento y el asistente.

Los reportes internacionales de la industria muestran que más del 70 % de los profesionales considera que los eventos presenciales siguen siendo el mejor canal para aprender, descubrir soluciones y generar relaciones de negocio. Los organizadores lo saben: más del 80 % afirma que los eventos en vivo son críticos para el éxito de sus organizaciones, y por eso la mayoría planea mantener o aumentar su inversión en encuentros presenciales. 

Es decir, el evento no está en crisis. Lo que está en crisis es el evento que no tiene nada que decir.

Las nuevas generaciones —que ya no son solo estudiantes, sino profesionales activos— tienen un radar muy afinado para detectar cuando el contenido es relleno. Discursos genéricos, ponentes sin experiencia operativa real, paneles que repiten lo mismo de siempre, agendas diseñadas más por compromisos políticos o comerciales que por valor para la audiencia. No hace falta que se los expliquen. Simplemente desconectan. Y no siempre regresan.

Tampoco están interesadas en eventos saturados de autopromoción. No porque rechacen a las marcas, sino porque no viajan para escuchar presentaciones corporativas. Buscan ideas que puedan usar, historias que reflejen problemas reales, posturas claras frente a los retos de su industria. Cuando el contenido no aporta, el evento se percibe como publicidad disfrazada, y eso erosiona la credibilidad del formato completo.

También cambió la expectativa de participación. Las dinámicas superficiales ya no generan involucramiento. Lo que genera valor son las conversaciones abiertas, el intercambio directo, la posibilidad de cuestionar, debatir, contrastar experiencias. No se trata de hacer el evento “más divertido”, sino de hacerlo más relevante intelectualmente.

Y hay un indicador que hoy pesa más que nunca: lo que se comparte después. La mayor parte de los asistentes jóvenes publica contenido cuando algo realmente les mueve, les sirve o les provoca reflexión. Frases, ideas, aprendizajes que siguen usando. Cuando eso no ocurre, el evento se termina cuando se apagan las luces. No deja conversación, no deja comunidad, no deja continuidad.

Por eso el tema no es que quieran eventos más cortos ni agendas más ligeras. Es que quieren que el tiempo invertido tenga sentido. Que asistir no sea solo cumplir, sino avanzar. Que el encuentro presencial justifique su costo frente a todas las alternativas digitales que hoy existen.

Desde la lógica de los destinos, esto es aún más estratégico. Porque ya no compiten solo con otros destinos por atraer congresos. Compiten contra la decisión de no viajar. Contra la idea de que “no vale la pena mover a mi equipo si no hay algo distinto que obtener”.

En ese contexto, producir un evento impecable sin contenido relevante no es un error creativo. Es una señal de desconexión con el mercado profesional actual. Y cuando la industria no lee a su audiencia, lo que pierde no son aplausos. Pierde flujo, pierde posicionamiento y, eventualmente, pierde competitividad.

Las nuevas generaciones no están pidiendo menos encuentros. Están pidiendo mejores razones para estar ahí. Y eso obliga a replantear cómo se diseñan los congresos, qué conversaciones se ponen al centro y qué tipo de liderazgo intelectual se está convocando.

El escenario sigue importando. La logística sigue importando. La producción sigue importando. Pero ya no alcanzan para sostener el valor del evento. Hoy, el contenido no es el relleno del programa. Es el activo estratégico del destino, de la industria y de quienes todavía creen que reunir personas sigue siendo una de las herramientas más poderosas para mover economías, ideas y sectores completos.

Arturo Carvajal

Licenciado en Administración de Empresas por la Universidad de Guadalajara, con amplia experiencia en congresos, exposiciones y eventos. Ha ocupado cargos directivos en Expo Guadalajara, Cancún Center y empresas internacionales de servicios para eventos. Actualmente es Director Regional y Caribe de Cuentas Estratégicas en Presentation Services (PSAV), donde impulsa el desarrollo de negocios y la gestión de cuentas estratégicas con enfoque en calidad y crecimiento del sector.